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La enfermedad de Parkinson es una patología crónica y progresiva en la que los síntomas no motores pueden preceder al diagnóstico y condicionar gran parte de la discapacidad.
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Las novedades terapéuticas se centran en optimizar la estimulación dopaminérgica, reducir el tiempo “off” y mejorar la tolerabilidad, más que en la aparición de nuevos fármacos.
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Las fluctuaciones motoras (especialmente el wearing-off) son frecuentes y su detección precoz modifica la actitud terapéutica.
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Los síntomas no motores (sueño, ánimo, cognición, disfunción autonómica, etc.) deben buscarse activamente, ya que su tratamiento mejora la calidad de vida. Debe hacerse un manejo combinado no farmacológico y farmacológico.
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Atención Primaria tiene un papel clave, no solo en el diagnóstico inicial sino también en: detección de complicaciones, control de síntomas no motores e identificación de efectos adversos.
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Deben reconocerse criterios de derivación: fluctuaciones no controladas, discinesias incapacitantes, deterioro funcional o sospecha de mala tolerancia.
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Existen nuevas líneas de investigación con foco en el mecanismo fisiopatológico (terapias génicas, celulares, etc.), pero que, a día de hoy, no arrojan resultados importantes, y hacen que el objetivo del tratamiento siga siendo el control de síntomas.
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Las terapias avanzadas (infusión continua de levodopa o estimulación cerebral profunda) deben considerarse en fases no bien controladas con tratamiento oral.
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En fases avanzadas, el enfoque debe incluir cuidados paliativos precoces, centrados en la calidad de vida y el apoyo al paciente y su familia.
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