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En los años 70 del pasado siglo se produjo un cambio progresivo de paradigma en los sistemas sanitarios, de un modelo centrado en la enfermedad hacia un modelo orientado a la salud.
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De la misma forma que todo fármaco tiene efectos beneficiosos y adversos, las intervenciones de promoción y prevención también tienen beneficios y daños.
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Una parte significativa de las recomendaciones de promoción de estilos de vida saludables y prevención de enfermedades adolece de escasa evidencia científica sobre su efectividad, efectos adversos y costes de oportunidad.
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Reconociendo la relevancia para la salud de la promoción y la prevención, al igual que en el caso de las intervenciones clínicas, es imprescindible priorizar las intervenciones en dichos ámbitos sobre las que exista evidencia científica demostrada, dada la sobrecarga asistencial de los sistemas de salud. La atención a las personas enfermas sigue siendo la principal prioridad de los/las médicos de familia/generales.
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Pretender atender todas las demandas de los pacientes, realizando además actividades de promoción y prevención, interviniendo a nivel de la familia y la comunidad, y abordar los determinantes sociales de la salud desde la Atención Primaria y Comunitaria es materialmente imposible. Se precisa una diversificación de funciones entre los profesionales del equipo de atención primaria, implicando a los profesionales de salud pública en las intervenciones poblacionales y exigiendo responsabilidades a los correspondientes gobiernos para un abordaje integral de los determinantes sociales de la salud a través de acciones intersectoriales.
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